"El tango es el único baile que no mimetiza el coito sino que es realmente una forma de coito" (Juan Carlos Rodríguez)

El tango nace seco. En principio no admitió más humedad que la de los propios cuerpos que se adherían al danzarlo. Porque el tango ante todo -dijimos- fue baile: en los ghettos de los emigrantes que llegaban a Buenos Aires por miles y se arracimaban en la miseria y el dolor del primer estirón brutal (la auténtica acumulación primitiva) del capitalismo argentino. Eran los primeros años del siglo y eran las raíces de toda la mitología tanguista: "el barrio" (1).

Primero, pues, fue el baile y luego vino la letra -y la voz-, pero eso ocurrió ya mucho más tarde. Sólo que ante todo se trataba de esa voz cuya historia acabamos de narrar: lógicamente la de aquel emigrado francés al que tanto solía despreciar Borges: el Mudo, o sea, Gardel.

Así que mucho antes del "tango/canción", el de nuestras nostalgias, en principio realmente fue el baile. Es decir: el cuerpo. El primer y último tango, el de Valentino y el de Bertolucci, no son por eso más que una irrupción gloriosa, seca, sin melodía, del cuerpo en la pantalla. Primero el cuerpo "construido" de Valentino. La primera vez que Hollywood comprendió a fondo que lo que el cine vende es la imagen de un cuerpo. Y Hollywood (o sea: el mismo capitalismo salvaje que segregaba el nacimiento de los barrios obreros) segregó también la imagen de un "cuerpo/mercancía" a través de un tango: Valentino en Los cuatro jinetes del Apocalipsis, el fantástico filme que hizo millonario a nuestro valenciano Blasco Ibáñez. Lógicamente también, el capitalismo construyó la imagen de un cuerpo a vender, popular, etc., a través de un ritmo popular (el tango) y a través del auténtico origen de ese ritmo: el tango bailado. Hollywood construyó, pues, a Valentino, y lo construyó bailando. Un cuerpo no es si no se expresa. Pero un cuerpo casi sólo habla en el amor y en la peste, como diría Artaud: o sea, cuando está enfermo y habla en sus llagas, en sus heridas o cuando ama y habla en su erección y en la humedad de su vagina; o cuando imita ese hablar mientras habla. Ken Russell lo ha entrevisto así y escogió un bailarín, Nureyev, para interpretar al cuerpo de Valentino. Un cuerpo "narciso", que se ama a sí mismo al bailar: más una masturbación que un amor. Bertolucci escogió en cambio a la pareja: Dominique Sanda y Stefania Sandrelli bailan en El conformista; Brando y la Scheneider bailan en El último tango en París. Hay en esta película un concurso de tangos, claro, pero no es esto algo que esté traído por los pelos, como una excusa para justificar el título, sino que más bien ese "baile de tangos" constituye algo así -y lo vamos a ver enseguida- como una especie de símbolo real de toda la estructura de la película: cuerpos que "se hacen" al bailar -o al amar-.

O sea, que se deshacen. El tango es el único baile que no mimetiza el coito, que no imita al amor, sino que es realmente una forma de coito, una forma de relación húmeda, pegajosa (o, como decía la vije letra: "El tango es un baile anticuado/ no hay más diferencia que/ antes se bailaba echado/ y ahora se baila de pie..."). Un uso, pues, real del cuerpo, en el pleno sentido artaudiano, nunca una ficción. Pero hay algo más: el tango, al ser exactamente una realidad histórica (y un límite social: el barrio) reviste a esos cuerpos en ese algo más allá de ellos mismos -y que, sin embargo está dentro de ellos mismos-: la historia.

- La historia, el barrio y el cuerpo, o sea: la lucha de clases.

Porque esto es lo insólito del tango: nacido del barrio se traslada directamente al cuerpo. He aquí todo el secreto de su fascinación: el tango rompe, en su propia realidad, en su mera existencia, la frontera entre lo privado y lo público. Por eso los sociólogos y los formalistas se estrellan contra el tango a la hora de interpretarlo. Como en ningún otro sitio, la historicidad está presente aquí, en cada intersticio del ritmo y la letra del tango. Pues, ¿qué es lo que el tango nos dice? Nada más que esto, esta expresividad literal: soy (a la vez) un barrio "y" un cuerpo. O sea, el contexto y el texto no existen para mí; la sociedad y el individuo no existen para mí... Muy al contrario: soy un ritmo que a la vez es una letra, que a la vez es un cuerpo, que a la vez es un barrio, que a la vez es una familia (y toda su ideología del sentimentalismo y del amor), que a la vez es una clase, que a la vez, en suma, es el resultado de una situación de explotación (de lucha) de clase: ahí, la unión del barrio, el cuerpo y el tango y su peculiar "expresividad" en torno al inconsciente ideológico del populismo y sus signos: la navaja, la mala/buena mujer, el pasado, la vieja, el amor triste -e incluso el propio sarcasmo interno- y, sobre todo, la postura de la autoafirmación desde "la orilla" (la imagen clave del orillero: su propia voluntad de ser). La necesidad del lenguaje de situarse en la "otra orilla", en el "otro lado", constituía la clave de la metáfora par Nietzsche. La metáfora es lo que habla desde el desplazamiento: como el texto que imagina al "orillero", un texto desde ese otro lado.

(Notas):

(1) Quizá sí, una premonición de lo que luego -hoy- iba a representar ese salvaje capitalismo actual: el llamado "folclore urbano" o barriobajero, desde los Beatles a la "estética navajera"... Sólo que no se pueden saltar las diversas coyunturas históricas. El barrio del tango era una cosa y la actual cultura barriobajera del punk otra muy distinta. Obvio: aunque la estructura capitalista de fondo sea la misma, la coyuntura concreta, sociológica e ideológica, es radicalmente distinta en ambos casos.

(Fuente: Entre el bolero y el tango. (O cuando los cuerpos hablan), Juan Carlos Rodríguez, Los Libros Imposibles, Asociación ICILE (Investigación & Crítica de la Ideología Literaria en España), Granada 2015. Publicado originalmente en Granada-tango: libro para bailar con las ciudades y en solidaridad con nosotros mismos, La Tertulia, Granada 1982)

Juan Carlos Rodríguez: Obituario a José Saramago

Qué difícil es hablar de la muerte de un hombre cuyo verdadero oficio en esta vida había sido vivir. Mejor dicho, un aprendizaje continuo hacia el saber vivir. Oficio y aprendizaje arduos en verdad donde los haya. No se trata de un pasar por la vida, se trata de un asentarse en ella y reflexionarla, practicarla. Vivirla desde dentro y hacia fuera. Y, sobre todo, interrogarse sobre el porqué. ¿Qué es lo que nos impide a los seres humanos saber vivir la vida si es lo único que tenemos? Así en la mente y en las manos de Saramago el oficio de vivir se fue transformando en el oficio de escribir. Dura tarea, sin duda, para quien desconoce los entramados de este otro oficio: dura la niñez y la adolescencia de un escritor que aún no sabe serlo. O no puede serlo hacia fuera, puesto que hacia adentro ya lo era. Fabulaba el mundo, sus sinrazones y sus injusticias, y sobre todo su manera de experimentarlo, de vivenciarlo. Pero ¿cómo expresarlo?

Malas maneras, otra vez: ¿qué hace un niño, hijo de campesinos pobres, trasplantados a Lisboa, en plenos años del Portugal fascista de Salazar, asistiendo a una escuela para obreros o trabajando en una herrería mecánica, qué hace, digo, ese niño, sino inventarse la propia vida que no tiene apenas? El primer hallazgo –quizá inesperado– es el descubrimiento de la lectura. Devora libros: los pocos de la escuela y los de las bibliotecas públicas, a la vez que despierta a las verdades de la calle.

Pero en la lectura está la sorpresa. Leer es otra forma de vivir, es encontrar otros mundos y otras vidas. A escribir se aprende leyendo, pero resulta difícil trasladar los propios lenguajes interiores al papel. Sus lenguajes interiores eran dobles: la pregunta sobre la explotación del hombre por el hombre y la pregunta por la propia oscuridad interior, la sombra que a veces nos aparece por dentro. En suma: la historia colectiva y la historia personal, que forman un todo, pero que Saramago andará siempre buscando de manera exhaustiva.

Tierra de pecado (1947) fue una novela en torno a esa doble búsqueda fracasada. Y de ahí su silencio narrativo de casi 20 años. De modo que el periodismo, la crítica cultural, la poesía, el Partido Comunista y la Revolución de los Claveles (1974) fueron su verdadero lanzamiento a la vida, sumergiéndose en ella en tiempos de lucha y ciertamente muy sombríos. Hasta que llegaron Alzado del suelo (1980) y el extraordinario Memorial del convento (1982).

La voz campesina (“coral”, dirá él) de su pueblo natal (la voz de los sin tierra) influirá sin duda en su estilo y en su tono, pero en Memorial surge el mejor Saramago: el barroquismo nítido de alguien que se da cuenta de que la historia de Portugal (como la de toda la península ibérica) sólo se puede contar como una fábula irracional y sin luces. La luz de la Razón (o de la Ilustración) nos ha separado de Europa, y por eso la Península será narrada en el 86 como una Balsa de Piedra aislada que navega por el océano separada del continente. Que la historia se puede deformar y manipular, colectiva y personalmente –o que siempre se ha manipulado la historia– es lo que se nos muestra en Historia del cerco de Lisboa (1989), al igual que la historia de los espectros personales del doble, del problema del nombre, de la propia identidad, había aparecido como homenaje a Pessoa en El año de la muerte de Ricardo Reis (1984).

Pero en la década de los 90 y hasta ayer mismo podríamos decir que surge un giro decisivo (o un adensamiento en sus perspectivas) a propósito de su concepción de la novela. Quiero decir: aparece la alegoría como clave narrativa básica que vertebra la obra de Saramago. Y es lógico: si siempre había estado buscando la no-bifurcación del camino personal y del camino colectivo, ahora encuentra la solución necesaria. Pues la alegoría sirve en efecto (si se la sabe vivificar en concreto) para unir el nombre propio con todos los nombres, lo mismo que sirve para unir el propio mundo con todos los mundos, o en suma, decimos, para unir la historia personal con la colectiva. Así el simbolismo portugués o ibérico va borrándose para que ahora aparezca la pregunta más de fondo: ¿por qué el mundo está realmente tan mal hecho? Es el mundo global, es la globalización del capital, es la soledad de las personas y la historia de los humillados y ofendidos de la tierra, la mayoría de los habitantes del planeta. La alegoría sirve así para pasar de lo particular a lo universal, sin que la singularidad desaparezca. Y de ahí los títulos decisivos de esta época: El Evangelio según Jesucristo, Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres, La caverna, El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez…

Saramago ha sido sin duda no sólo uno de los mejores novelistas de nuestro tiempo sino un luchador incansable por la verdad y por un mundo no enemistado con los humanos. Ha sido el alegórico de otro mundo, posible desde ya. Un ilustrado marxista o un marxista de la ilustración, un demócrata contra la explotación irracional del capital financiero y contra la propia irracionalidad interior de cada uno, pues cada uno está contaminado por el sistema. La luz de Goethe y de Diderot se traslada por eso con él al mito platónico de la caverna; el iberismo se traslada al género humano; la lucidez trata de imponerse a la ceguera; mientras que la ceguera se impone en la corrupción del sistema de las democracias especulativas y el sistema corrompe a su vez a todos los yoes. Y por ello también, en fin, la duda y la búsqueda del propio nombre se transforma –decimos– en la interrogación de todos los nombres. La escritura excepcional de Saramago, tanto en sus novelas simbólicas como en las más alegóricas, no pierde jamás sin embargo una especie de añoranza o de nostalgia que a veces rezuma incluso en las alegorías más abstractas: quiero decir, que en esa estética global no se pierde jamás la ética del amor a la tierra (Viaje a Portugal, Cuaderno de Lanzarote) y a la materia (sus poesías cantan continuamente a la piedra). Se le podría definir, pues, como un metafísico inmanente, como un pesimista o escéptico en el sentido de que un pesimista es siempre un optimista bien informado. Un narrador de la materia viva y de la racionalidad pese a la ceguera: “Somos ciegos ante nosotros mismos”. En una palabra, una escritura ejemplar respecto a la lucidez para vivir la vida, la lucidez frente a la explotación de los seres humanos y la naturaleza. Un continuo amor a la vida.

Alguna vez le prometí (pues él fue muy generoso hablando de mis libros en público) que me rondaba en la cabeza escribir algo comparando la estructura de sus obras con el relato de Jack London El amor a la vida, que tanto nos gustaba a los dos (“y a Lenin”, me dijo con esa media sonrisa que solía usar como quien no quiere mostrarse más introspectivo de lo que es). Lastimosamente no he cumplido la promesa y sólo he esbozado este esquema a vuelapluma, con demasiada brevedad y demasiado tarde.

Lo siento, José. Y para ti, Pilar del Río, ojalá que el dolor de todos te acompañe, aunque ya sé que en tu dolor no hay compañía posible.

(Fuente: "El amor a la vida", Juan Carlos Rodríguez, Diario de Sevilla, 19/06/10)

Juan Carlos Rodríguez: "Si estuviéramos seguros de nuestro yo no escribiríamos"

Juan Carlos Rodríguez es Catedrático de Literatura de la Universidad de Granada. Ha publicado libros como 'Teoría e Historia de la producción ideológica' o 'El escritor que compró su propio libro', obra en la que se propone una nueva lectura del Quijote y con la que ha obtenido el primer premio Josep Janés de ensayo. Este último libro está publicado en la editorial Debate.

- ¿Se ha leído en España correctamente el Quijote?

Sí. De una manera coyuntural o generacional desde la mitad del siglo XIX hasta ahora. Lógicamente dentro de unos planteamientos teóricos determinados. Por ejemplo, el Américo Castro de 1925 no es el mismo de los años 50. Pero su primer libro sobre Cervantes es un hito. Mi lectura parte de otros planteamientos teóricos y además capítulo a capítulo. Me gustaría haber podido discutir todo esto con Vázquez Montalbán que fue el presidente del Jurado que me dio el premio, pero ya es imposible.

Lo que sucede es que la historia del Quijote es tortuosa. Por ejemplo, al Quijote apenas nadie le hizo caso en el siglo XVII. Uno de los pocos amigos de Cervantes, un tal Márquez Torres, cuenta que unos caballeros franceses le visitaron y le preguntaron por Cervantes. Márquez contestó que se trataba de un "pobre viejo pobre" y los franceses le replicaron diciendo que se trataba de un gran escritor, pero sólo mencionaron La Galatea y las Novelas ejemplares. Y esto se explica: hay que tener en cuenta que el Quijote es una mezcla de vidas, de la novela picaresca y la de caballerías. Pero la vida había desaparecido de la literatura en la resacralización barroca, para dar paso a la muerte. La vida no se recuperaría hasta la llegada de la burguesía industrial emergente en Inglaterra.

A finales del siglo XVIII la Real Academia, casi recién fundada y un poco avergonzada, hace una edición del Quijote. Pero aquel siglo está lleno de antiquijotistas tanto en España como en Francia. Hasta la mitad del siglo XIX no se le hace caso al libro.

- Afirma que Cervantes es el primer autor mercantilista.

- Fue el primer autor profesional. Cuando llega a Valladolid, donde se encuentra toda la Corte, no tiene oficio ni beneficio, está casi recién salido de la cárcel y no sabe qué hacer, con una familia sólo de mujeres. En aquel momento tan difícil le vende a Robles, un librero, el manuscrito del Quijote. Cervantes está solo, no tiene apoyos nobles, tampoco de la iglesia. Se trata por tanto de un escritor profesional que escribe para vender, para poder comer. Cervantes trata de acercarse al público. Aunque es imposible escribir como se habla trata de que le entienda todo el mundo, se preocupa por el público. En este momento Cervantes se plantea si puede interesar contar sólo una vida. Por eso Don Quijote desaparece de la última parte y el libro se llena de otras novelas. En el segundo libro Cervantes se arrepentirá de eso y nos contará una vida -o dos, también la de Sancho- en largo y hasta la muerte. Ese es el comienzo de toda la narrativa moderna.

- ¿Y el caballero Don Quijote?

- En la primera parte tiene dudas sobre si es sólo "caballero en aprobación". En el segundo libro ya no porque sabe que está puesto en la escritura y existía un respeto grandísimo por lo escrito. En especial para Don Quijote todo lo escrito era verdad. En la segunda parte sólo le falta que Dulcinea también lo sea, que se haga real. Cuando al final del libro oye a unos niños decir "No la has de ver en todos los días de tu vida", se da cuenta de que no sólo le han derrotado en Barcelona sino de que nunca va a encontrar a Dulcinea.

El Quijote es un libro que está escrito para reír pero resulta triste. Lo más importante es que Cervantes inventa a una persona que elige su propia libertad. Cervantes tiene tanto respeto por Don Quijote que si te fijas nunca es derrotado, siempre es derrotado el caballo, pobre Rocinante.

- Fue discípulo de Althusser. ¿Qué fue lo mejor que le dio?

- Él y su mujer leyeron mi primer libro y me adoptaron casi como a un hijo. Me fui a trabajar con él a París. Me enseñó toda la filosofía que sé pero lo más importante que aprendí de él fue a leer. Althusser era una inteligencia única, pertenecía a una generación que había ganado una guerra y había derrotado a los nazis. Creían que podrían hacer la revolución. Un día le convencí para que viniera a Granada y dio una conferencia a la que asistieron cerca de 5.000 personas. Todo esto lo he contado en mi libro 'Althusser: Blow-Up', pero haciendo hincapié en las cuestiones teóricas de su pensamiento.

- Sus alumnos también le acusan de que les ha enseñado a leer.

- Es que estas cuestiones se transmiten. Cuando uno tiene pasión por la literatura y hay buenos alumnos se convierte en algo contagioso. José Carlos Rosales y Justo Navarro fueron unos de mis primeros discípulos. Yo me llevé una sorpresa cuando supe que eran dos rockeros. Además tenían muy mala leche porque iban por la mañana y por la tarde a clase y cuando repetía un chiste lo decían: "eso ya se lo hemos oído por la mañana". Luego me los encontré en la célula Gramsci. La mayoría de los miembros de mi departamento han sido alumnos míos, y creo que nos llevamos muy bien.

- Tuvo un papel importante en la otra sentimentalidad.

- Es verdad. La hicimos entre todos. El grupo creo que se acabó disolviendo pronto, hacia el 85 como mucho, cada uno fue por su lado, aunque Álvaro Salvador opina que duró más como fórmula poética. Yo puse mi parte. Todos estábamos influenciados por el ambiente. La poesía se escribe con las contradicciones de la vida. La literatura no asume las contradicciones.

- ¿Qué opina de la vuelta al irracionalismo de las poéticas actuales?

- Es lógico que cada cierto tiempo se creen distintas atmósferas poéticas, aunque insisto en que la poesía se escribe para decir yo. Si estuviéramos seguros de nuestro yo no escribiríamos. La única poesía que no me gusta es la que se considera "edénica o virginal", la que se cree palabra sin manchar. La palabra está manchada desde Adán y Eva. Por eso existe como palabra histórica, porque está desterrada del Paraíso como dijo Alberti.

- Se ha publicado algún libro suyo en Estados Unidos. ¿Qué aceptación ha tenido?

- Por el público no sé, en la universidad muy bien. Es lógico porque es un libro muy profesional. 'Teoría e Historia...' parte de la escritura de mi tesis doctoral. Lo que hoy parece una cuestión normal, como nombrar a Umberto Eco o Roland Barthes o a Kant y Hegel en una tesis literaria, en aquella época era algo que en España estaba fuera de los límites establecidos. Yo comprendí que aquella tesis no la iba a entender nadie. Después publiqué algunas partes en diversos libros y me encerré de nuevo para escribir sobre algo concreto, sobre la poesía de siglo XVI, que es lo que hago en Teoría e historia... También en Italia me han traducido con interés, por ejemplo el texto sobre Brecht o las partes más teóricas de 'Dichos y escritos'.

- ¿Hay espacio hoy para las grandes teorías?

- Un espacio inmenso. Mira el capitalismo. Los libros de teoría que se publican hoy dicen todos casi lo mismo. Lo del pensamiento único es verdad. Hay espacio para los grandes relatos del capitalismo, lo que no hay es espacio para los relatos de izquierdas. El gran triunfo del capitalismo es el que se produce a través de la palabra libertad. Lo he explicado en otros libros míos, sobre todo en 'De qué hablamos cuando hablamos de literatura', que salió en Comares el año pasado. Es uno de mis libros favoritos porque es muy explícito.

- ¿A que retos se enfrenta la izquierda del siglo XXI?

- La izquierda tiene que plantearse la libertad para todo menos para explotar. Tú le quitas al capitalismo la libertad de explotar y se convierte en nada. Para que exista el capital, para que abran los bancos todas las mañanas, el dinero tiene que salir de nuestros bolsillos. Incluso la libertad de explotar empieza desde que te dan el propio nombre. Siempre me he preguntado para qué querrá el Estado saber cómo se llaman tu padre y tu madre. Es asombroso. La realidad es que desde que naces la familia y el Estado están unidos para configurarte. Lo privado y lo público están unidos para construirte el yo. Desde que te dan el nombre o eres propietario de los medios de producción o no lo eres. O explotado o explotador. Hay que plantearse cuestiones como que los sindicatos hayan perdido toda su fuerza, el ecologismo, el feminismo... Hace 20 años algo como el desastre del Prestige habría sido un escándalo con consecuencias reales y hoy no ha pasado nada.

- ¿Y la enseñanza?

- No puede permitirse que la vida pública, que es de todos, se convierta en una empresa privada. Están destrozando la enseñanza pública y es algo que vamos a pagar muy caro. Una vez, en mi clase de Cervantes, donde suele haber bastantes alumnos, no sólo nadie sabía que "Yo me la llevé al río creyendo que era mozuela..." era de Federico García Lorca, sino que incluso a algunos el nombre de Lorca sólo les sonaba. No se puede pretender que la enseñanza pública se autofinancie y genere beneficios.

(Fuente: "Juan Carlos Rodríguez: "El gran triunfo del capitalismo es el que se produce a través de la palabra libertad"", Fernando Valverde, paseodelostristes.com, recogido en kaosenlared.net y paginadigital.com.ar, 01/04/04)

Lo que aprendí con Juan Carlos Rodríguez

Aprendí muchas cosas con Juan Carlos Rodríguez: con, pero también de, desde, para, por, según sobre, tras... Aprendí a no hablar de los textos sin conocer los textos. Aprendí a conocer los textos sin perder de vista los prejuicios que cada texto trae. Aprendí que los textos nunca vienen solos. Aprendí que una novela es algo más que una novela. Aprendí a leer sin partitura. Aprendí a confiar en la tradición y a desconfiar de las tradiciones. ¿O era al revés? ¿A desconfiar de las tradiciones y confiar en la tradición? Aprendí que en las disyuntivas entre A y B siempre hay otro camino. Aprendí a mirar el envés de las cosas. A saber que también existe lo que nunca se ve. Que lo que ahora existe no ha existido siempre. Que lo que no ha existido siempre tiene una larga historia. Que toda la historia de la literatura puede estar escondida en un poema. Y que para conocer todo eso hay que improvisar, que se puede (o se debe) improvisar: sus clases eran una improvisación, solos de clarinete o de piano, solos de quien conoce bien la pieza que ejecuta, y se aparta del tema para volver a él, que regresa y se va, desordena las notas y las une de nuevo en otra melodía, y la melodía se esfuma o vuelve para volver a irse, ir y venir, de poema en poema, una línea que se cruza con otras, las líneas que desvelan orígenes o afanes, aquellas que serían (o que son todavía) una línea de fuga. Con Juan Carlos Rodríguez aprendí a disentir. Y a pensar mis poemas (demasiado tal vez) antes de publicarlos o escribirlos. He aquí uno de ellos, ahora dedicado a mi profesor preferido:

'El sendero se borra"

Los senderos no son como decían:
a veces se interrumpen, o se borran,
para seguir después en otro sitio
que los mapas no traen.
Los senderos no son lo que pensábamos
ayer, de madrugada, junto al fuego.
No hay señales que digan dónde vamos,
la orientación se ha vuelto laboriosa
y hay noches que dormimos no sabiendo
la fecha o el error, las coordenadas,
a dónde iremos luego si amanece.
Nos dijeron que el camino era fácil,
nadie dijo que el sendero se borra,
que hay que seguir andando aunque nos pese,
que el cansancio será nuestra costumbre.

(De "Y el aire de los mapas", 2014)

(Texto que se publicó en "La literatura no ha existido siempre. Para Juan Carlos Rodríguez", Granada, Universidad de Granada, 2015)

Fuente: "Línea de fuga con Juan Carlos Rodríguez", José Carlos Rosales, Granada Hoy, 25 de octubre de 2016, pág. 43